Vivimos entre extraños

people on street

Casi todos los vecinos nos conocemos aunque sea de vista. Las relaciones en los rellanos son mínimas: después de un rápido hola y adiós, cada uno la cierra la puerta con llave al entrar y, ¡ya estamos a salvo!

El extraño no es sólo aquel que está fuera de nuestro círculo, sino también los que pertenecen a nuestra comunidad (vecinos con los que nos encontramos casi a diario).

Conforme la sociedad va avanzando ese círculo social va haciéndose cada vez más selecto y pequeño; cada vez nos fiamos menos, confiamos menos en la gente. Creemos amenazante y peligrosa aquella situación impredecible y sobre todo que tenga lugar en sitios públicos. La idea tradicional de comunidad queda sustituida por el aislamiento y la separación de los “extraños”. Todo ello nos supone un cierto sentimiento de miedo, de miedo al delito, dando lugar a comportamientos de tipo: no salir por la noche sin ir acompañado, no fiarse de quien nos presta su ayuda, no hablar con desconocidos y por supuesto evitar ir a determinados lugares considerados como peligrosos (lugares que no coinciden por lo general con los lugares donde se producen las actividades delictivas). Esta percepción viene condicionada de un lado por las características personales que tengamos (sentirse vulnerable aumenta la sensación de miedo) y de otro por las características del ambiente. Es decir, un parque en mal estado y sucio, ruinas, sitios poco o mal alumbrados, fachadas con grafitis…nos provocan miedo e inseguridad; miedo que limita nuestra calidad de vida.

Por lo tanto, como miembros de la sociedad y en particular de nuestra comunidad tenemos el deber y podemos contribuir a disminuir sensación de inseguridad y con ello lograr reducir los delitos. ¿Cómo? Con la modificación del ambiente (calles limpias, el buen uso y respeto del mobiliario urbano), aumentando la cohesión en las relaciones personales del día a día evitando por ejemplo calles vacías, estableciendo relaciones con los vecinos ( si te vas de vacaciones y tu vecino sabe que estarás fuera y ve movimientos extraños en casa, llamará a la policía); en definitiva situaciones en las que cada ciudadano se convierta en vigilante y contribuya a disminuir las oportunidades de comisión de delitos ( disminuyendo así el vandalismo por ejemplo). Si bien es cierto que, de alguna manera el miedo al delito es positivo pues nos aporta una actitud preventiva válida que nos beneficia de manera personal y social.

“No hay mayor error que el de aquel que no quiso hacer nada porque sólo podía hacer un poco”.
Proverbio hindú

Unidad de Atención a Víctimas de delitos le recuerda:

1. Compartir alegrías colectivas aumenta la cohesión de la comunidad (fiestas locales, acontecimientos deportivos).Las relaciones con los demás nos ayudarán a conseguir una sociedad más segura e implicada. Aumentará el bienestar social pero también personal y desde luego ayudará a disminuir el miedo y con ello el número de delitos.
2. El miedo a convertirse en víctima parece una respuesta lógica y normal pues cabe la posibilidad de serlo. El problema aparece cuando ese miedo es desproporcionado
y pone en peligro una vida plena. Evite sentimientos de fatalismo y recupere la seguridad en sí mismo y la confianza en los demás. El miedo es una cortina de humo que desaparece cuando se le mira de frente.
3. Vivir en estado de alerta resulta agotador, ocasiona un desbordamiento en las actividades diarias y conductas de evitación. Acuda a lugares públicos, salude a conocidos e interésese por ellos. Adopte una expresión de cara tranquila y amable, mirada directa, voz clara y gestos adecuados. Recupere la capacidad de disfrute de la vida cotidiana.

Laura Gómez

Criminóloga IPJ Científica


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